Contó que su papá abusó a 4 de sus hermanas

“Espero que alguien me pueda ayudar”, dice Alejandra desde el sur entrerriano. “Después de tanto tiempo todas nosotras necesitamos un alivio”, admitió.

“Peleas, borracheras, prostitutas, en casa y en el cabaret, crecí en ese mundo. A no ser cuando me escapaba a la siesta para jugar, aunque a la vuelta cobraba”. Esos son los primeros recuerdos que le vienen a la cabeza a Alejandra Pérez cuando se le pregunta por su infancia.

 

Nació y creció en el barrio del Tiro Federal en Gualeguaychú, donde, después de haberse ido en varias oportunidades, espantada por la realidad en la que vivía, todavía reside. Ataques de pánico y una larga depresión, que va superando día a día. Esas son las secuelas que su pasado le dejó.

 

Padecimiento familiar

 

Pero no son sólo los recuerdos y las heridas de una vida de padecimientos es lo que debe soportar (hace terapia hace años), también la realidad la golpea a diario a esta mamá de dos mujeres. Sin recursos para mudarse, Alejandra vive en el mismo terreno en que lo hace su madre. Quien tiene “entre 20 y 30” denuncias policiales por diferentes y violentos motivos.

 

“Somos seis hermanas. Cuatro fueron abusadas por este hombre cuando eran chicas”, cuenta Alejandra, mientras prende un cigarrillo.

 

A su padre biológico no lo nombra. Es “ese hombre”. Ese hombre que se encargó de destrozar la vida de sus hijas, de condenarlas al padecimiento. Piensa unos segundos en silencio y, con terror en la mirada, vomita sus identidades, atragantadas durante tantos años: “él se llama Yamandú Willington Pérez y ella, Marta Cristina Petizco”.

 

Termina el cigarrillo y sigue. Su relato es fragmentado. Es claro, pero desordenado. No hay principio preciso ni desarrollo cronológico de los hechos, parecen escenas de interminables capítulos inconclusos, que desea cerrar de una vez por todas. Violencia familiar, abusos, sexuales y de todo tipo, historias propias del terror. Contar su verdad no es fácil, para nada. “Tengo miedo por lo que pueda pasar”, reconoce, aunque se sabe agotada de lidiar con el pasado y, más aún, con el presente.

 

Alejandra tiene 41 años, y cinco hermanas. Una de 47, otra de 46, la de 38, la de 31y la más chica, de 19 años.

 

Todas se fueron de la casa. Las dos hermanas mayores lo hicieron cuando tenían 15 años. La más chica del matrimonio (con la de 19 comparten padre) se fue a los 13. “Me la llevé yo”, cuenta Alejandra. “En ese momento me iba a vivir a Mar del Plata con mi pareja y, después de rogarle mucho, mi madre biológica (la llama así y aclara que ese término no tiene connotación afectiva alguna) me firmó el permiso y me la llevé con nosotros. Pero la tuve tres meses en Pueblo Belgrano, primero, y en un domicilio de Rocamora 71, después, donde vivíamos en ese momento, y como el viaje finalmente no salió, tuvo que volver”, cuenta sobre la más chiquita, a quien prácticamente crio, a quien debió cuidar muchas noches, “cada vez que mi mamá bilógica salía para prostituirse”.

 

Casi la mata

 

Alejandra se fue a los 17. “Después de una tremenda paliza”, recuerda. “Me había ido de casa porque sabía que si me agarraba me mataba. Por defenderla a mi hermana, yo le había pegado a él (a su padre) y me había ido sola caminando hasta la terminal, a donde llegaba mi madre biológica, no sé de dónde. Pero ella nunca llegó y cuando volví a casa me estaba esperando, tomando mates en la vereda. Me agarró en el medio de la calle y me pegó como nunca antes”.

 

¿Qué hiciste después de eso?

 

“Me fui a lo de unas vecinas que me dieron plata y me dijeron que me vaya. Sin conocer nada, me tomé un colectivo y me fui a Caballito, donde ya vivía mi hermana mayor. Me quedé a vivir allá y al tiempo se fue a vivir mi novio de la adolescencia. Quedé embarazada y al año de haberme ido me encontré volviendo a lo de mi mamá”.

 

¿Hoy vivís en la misma casa?

 

“Comparto el terreno, son casas diferentes. Pero ya no puedo estar más así, no sólo se encargó de hacernos mal de chicas, mi madre tiene muchísimas denuncias. Por romperme el techo con un martillo, por hacer lo mismo con las paredes, por diferentes actos de violencia. No es una persona que esté bien, es un padecimiento. Y necesito encontrarle una solución, por mí y por mis hijas”.

 

El último hecho de violencia sucedió en marzo, cuando “ella y su actual pareja (hace muchos años que su padre biológico dejó la casa) sacaron una reja mi casa y quisieron entrar a mi vivienda. Hay una denuncia hecha, por la que estoy citada a declarar en el Juzgado de Familia el 9 de mayo, porque este hombre terminó lastimándome los pies tras un forcejeo con la reja de mi casa. Esa fue la situación que colmó el vaso. Por eso decidí hablar, no puedo más.

 

¿Quedaste sola o vivís con alguien?

 

“Vivo con mi hija más chica (13), la más grande (23) está estudiando afuera, no viene, no quiere volver a esta realidad. Todas mis hermanas se fueron, trataron, de alguna manera, rehacer sus vidas. Dos de ellas fueron violadas sistemáticamente durante varios años, mi mamá bilógica lo sabía y lo permitía. Ella se iba a trabajar a otros pueblos y las dejaba solas con él. Ellas se lo dijeron, pero nunca hizo nada”.

 

Alejandra agradece a Dios el hecho de que nunca haya tenido que pasar por lo que pasaron sus hermanas. Aunque sufrió todo tipo de maltrato psicológico y físico, tanto de su madre como de su padre, nunca fue violada. “Al menos no lo recuerdo, hay muchos baches en mi memoria, creo que no pasó. Mi terapia consiste, entre otras cosa, en eso, en ir recordando muchas cosas que por la infancia que tuve las tengo negadas”, expresa.

 

Cansada de tener vergüenza

 

Hace cinco años que Alejandra toma pastillas para dormir y ansiolíticos. Además, está en tratamiento psicológico. “La terapia me ayudó mucho”, reconoce. Cansada de vivir como vive, con su madre a pocos metros de la puerta de su casa. La misma madre que avaló las violaciones de sus hermanas y el maltrato durante muchos años, la misma que tiene más de 20 denuncias en su contra, y que recibió el “reto” del juez Héctor Vasallo, titular del Juzgado de Familia de Gualeguaychú, que también la obligó a hacerse un tratamiento psiquiátrico y que, por sus amenazas, ordenó poner custodia en la puerta del domicilio de su hija.

 

Hoy su vida está signada por una depresión, que de a poco intenta superar, y los ataques de pánico. Por eso, “cansada de tener vergüenza”, decidió decir su verdad.

 

“Me da un poco de miedo hablar de esto. Pero más miedo me da seguir viviendo así. Espero que alguien me pueda ayudar, después de tanto tiempo todas nosotras necesitamos un alivio. Espero llegue”, expresó, antes de apagar el último cigarrillo.

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